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Rockodromo 2018. Hola Chile

Publicado el 15 de febrero

Subir al avión implicó necesariamente hablar con la chica del check In porque nos sobraban bolsos y no había margen monetario para pagar sobre equipaje. El asunto es que teníamos que llevar la bandeja de Dj y partes de la batería ademas de la guitarra y claro también estaba nuestro equipaje personal. El chamuyo obtiene sus frutos, pasamos. Un vuelo sin complicaciones, uno de los tejos comienza con las relaciones internacionales estableciendo un diálogo que dura todo el viaje con una chilena y un boliviano. Una viene de hacer turismo en Uruguay, otro de un vuelo de escala. Los dos conocen el Rockodromo, el festival donde vamos a tocar, se llevan el nombre de la banda para investigar.

En Santiago nos alojamos en una casa en Providencia, un barrio medio cheto bastante parecido al Prado de Montevideo. Llegamos como a las 11 de la noche, ahí ya estaba Grasso, bajista, quien llegó desde Buenos Aires esa tarde. Guacamole, galletas, pan, cervezas y una Pepsi sobe la mesa. Televisión prendida, Batman: The Dark Knight Rises en ella. Todo suficientemente bueno como para olvidarnos que el chofer de la camioneta que nos trajo nos dijo que había una droga que se estaba usando que alcanzaba con que te tocaran " para que te desmayaras y amanecías sin un órgano o embarazado vaya a saber donde" (¿?). Por mucho que buscamos los días subsiguientes, nunca dimos con la droga mágica, un fracaso.

Jueves, pinta ensayo general, nos desplazamos a un barrio a los pies de grandes montañas, la sala una joya, el sonido que sacamos ahí otra joya, como si estuviéramos tocando para público, el público eramos nosotros, consumidores y productores a la vez. Varios tomamos un curso acelerado de videos de Instagram a cargo de Flavio (batería). Acto seguido nos vamos a comer a la Parrillada La Uruguaya, donde estábamos invitados. La propia carne. A la noche llego el momento de las salidas culturales, ver bandas, caminar la ciudad, ver películas. Pizza, cervezas, bebidas cola, tragos no identificados, gente desconocida transformada en amigos de boliche que arrimó a algunos tejos en sus autos, y ya era viernes. Viernes de viaje. Todo está empacado, incluida la bandeja del Dj, que llegó dañada, parece que en alguna frontera abrieron el case, se les cayó, y ni lerdos ni perezosos la volvieron a guardar. Por suerte sigue funcionando, a pesar de los golpes.

Llega una camioneta, arriba hay cuatro miembros de una banda punk, sentados al fondo. Los 8 tejos subimos, quedan solo 4 lugares libres, pasamos a buscar a otra banda, una colombiana que hace "psicodelica stoner" (auto definición) , pero falta un asiento. Mientras el chofer espera que de la empresa le avise si viene otra camioneta damos una vuelta manzana, es otro Santiago, más obrero, muchas casas de repuestos de autos, el calor aprieta más producto de la falta de arbolado. La empresa de transporte dice que no hay otra camioneta, nos arreglamos como podemos (el sonidista de la última banda termina yendo en bus)

2 horas de viaje, cruzamos por las entrañas de algunas montañas, otras las rodeamos, aparece Valparaíso. Ciudad portuaria desde el vamos, puerto y ciudad sobre los bordes de montaña, casi un Chile en pequeño. Graffiti, olores fuertes, mar, perros callejeros, comida callejera, ruido, casas de colores, gente sin hogar, policía, turistas, músicos, anarquistas, subidas y bajadas. Prueba de sonido en un estadio de tierra, son dos escenarios idénticos, pegados uno al otro, la idea es que toque una banda mientras otra arma, cuando esta termina, toca la que armaba y sube otra banda al segundo escenario, así se eliminan los tiempos muertos. No hay escenario menor, tanto las bandas consagradas como las emergentes y nosotros, las extranjeras, tocamos en los mismos escenarios, igualitarismo del otro lado de los Andes, salú y respetos.

Chorrillana en la fuente babara, paisaje de Valpo. El plan es salir, pero después de usar la piscina del hotel la mayoría se queda dormido. Al día siguiente es el primer show, el showcase. Llegó el Sábado, caminar los barrios empinados, hacer fotos, hablar con gente, hacer más fotos, caminar mucho más, nunca en horizontal, siempre inclinado. A la tarde marchamos para Ele Bar, un boliche donde hay montados 3 escenarios. Nos toca el escenario que da la espalda al Océano Pacífico. Antes de nosotros toca Malicia, una banda de tres pibas y un flaco, son de Valdivia, el lejano sur, la ciudad de la selva fría. Suenan como una mezcla de Massive Attack, electro punk, e italo disco. Luego salimos. la gente sentada en mesas, nosotros grooveando, la manager agitando a gente en la calle para que entre. Nos ponemos al público en el bolsillo, modestia aparte.

Domingo, el gran día. Todos quietos, nada de locas aventuras, hoy se toca, y se toca fuerte. Llegamos al escenario a eso de las 18, a las 19 tenemos que estar sonando. Todos preparados, todos seguros, aunque algún nervio siempre hay. Están tocando los Efecto Mandarina, una banda de Bolivia, groovy jazzy, vamos nosotros. Tiramos temas con swing como Cosmonauta, cerramos con fuerza con Llevandola. La responsable de la logística nos felicita y agrega "pensé que eran una banda de cumbia villera, me encantó", nos reímos, no sabemos que responder.

Volvemos, Montevideo se ve a la izquierda del avión. El año empezó super bien.

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