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latejapride*

La Baixada Pride

Publicado el 20 de noviembre de 2007

Sábado. Tras el desayuno, y una nueva presentación individual/grupal llevada a cabo para que los pibes de Recife no se sintieran extraños entre los cariocas, los alemanes y nosotros los uruguayos, marchamos hacia el centro de Río. La misión era ir a un estudio, para meter voces, bajo y scratching a un beat germano, un tema donde tomariamos parte todos aquellos que participamos en el encuentro desde el hip hop. Nos reunimos en la plaza frente al centro de formación que oficia de hotel durante toda la semana. Se da una discusión, Don Negrone plantea que lo mejor es ir en Bus, Negro Joy (Setor BF) dice que no, que lo mejor es el tren, más barato, un poco más lento, pero que cumple los horarios. Dj Carlos, un personaje que rememora tanto a Run Dmc como a un Woddy Alen de tez trigueña, productor de Hip Hop y Drum and Bass para un sello indie norteamericano con presencia en Europa y Japón, dice que es lo mismo. La discusión termina descartandose en favor de la posición de Negro Joy. Caminamos 30 minutos entre empinadas subidas, y bajadas en picada, calles de piedra, asfalto mal nivelado y tierra, rodeamos el cementerio, esquivamos como pudimos embates de locos tras volantes (acá todo el mundo maneja como si un alud viniera comiéndoles los talones) atravesamos una caótica avenida partida al medio por un drenaje de aguas cloacales al aire libre, para llegar a la estación del tren. 2,10 reales cuesta cada pasaje, nos abalanzamos sobre el último vagón, en la estación suena de fondo una versión easy listening del clásico de Dylan, Blowin’ In The Wind.

La Baixada Pride

El tren va rápido, a los saltos, Jump Arround cantan Carlos (el alemán) Maggo (de Recife, gran mc, pero gran gran), Negro Joy y Negrone. La broma es hasta cierto punto divertida, y hasta cierto punto preocupante, un tren que se mueve tanto, a 60 kilómetros por hora, con uno parado en su último vagón, no parece ser un viaje muy seguro. Los vendedores pasan uno tras otro, a dos por vagón, coca cola, pepsi, agua, chocolate, diarios con fotos de minas en pelotas en la contra tapa, alicates, papas fritas, chicles, son algunos de los productos ofrecidos. Supuestamente está prohibido vender en el tren, pero se las arreglan comprando un pasaje, abordando los trenes con la mochila llena de mercancía y haciéndose el jornal vendiendo lo que traen dentro de ella. El tren sigue rápido, y muchos pasajeros comienzan a bajarse, vamos agarrando asientos. Nuestro destino es la Estación Central do Brasil. Tardamos una hora en llegar. El tren atraviesa morros, planicies, verde y gris, esa mezcla de cemento y vegetación en guerra permanente que se da en Rio, una guerra sin vencedores claros, casi con solo vencidos podría llegar a decir, pues ambos, tanto el verde como el gris demuestran cierto nivel de decrepitud en las espaldas de Rio (algo bien distinto a lo que se ve en la parte turística).

Cuando salimos de la estación central el sol ha desaparecido del cielo, nubes anuncian aguaceros, casi toda la semana estuvo así, ni siquiera Ipanema se nos mostró bajo la luz del sol, prefirió salir vestida de nubes y llovizna (algo que no impidió que algunos se abalanzaran sobre sus aguas). La primera parada fue una suerte de ferias de techitos verdes gigante, buscábamos vinilos, la tienda estaba cerrada. Alguna gorra se va con nosotros, los precios están por las nubes, la realidad cambiaria determina que somos más pobres aun (ratones no, ratones y pico). Llaman la atención algunos puestos donde se venden caps para spray, los grafiteros agradecidos, y como luego veremos, se entiende porque tanta variedad en caps. La ciudad está decorada de punta a punta, el street art es algo super cotidiano, las piezas de graffitis son increíbles, hay de todo tipo y color, desde el vandálico y casi molesto tag, hasta unos tiranosaurios de 4 metros de alto o una banda de jazz en negro y amarillo decorando un pequeño bar.

4 horas caminando, una locura, almorzamos una suerte de panes dulces rellenos con jamón y queso, calientes, rico gusto, precio accesible, coca cola zero para acompañar. Estamos sentados en unas escaleras todas decoradas, son como 350 escalones, todos recubiertos con mosaicos, nos presentan a un francés, esa es su obra, tardo 10 años en hacerla, “mmmhh, linda” le decimos. Plan B se llama la desquería escondida donde encontramos nuestro tesoro, cientos de vinilos, 4 se terminan yendo bajo nuestros brazos, dos de efectos para scratchings, uno de Coltrane (Giant Steps) y otro de Depeche Mode (Music for the Mases)…

A la noche estamos de nuevo en la Baixada, la aventura fue larga y agotadora, grabamos alguna cosa, caminamos como unos condenados, y vimos de todo. Rio de Janeiro es grande, caótica y musical, es caliente, nublada y negra. Rio vive y sin dudas duerme poco. Rio está poblada de millones de bocas gritonas, urbanismo Mad Max, minenas poposudas, travestis cuasi mulheres, Negros con orgullo, Blancos clase media y alta marcando pedigree, policías complicados, chóferes rápidos y furiosos, muy pocos perros, menos gatos, millones de ritmos sonando a la vez, muros/paredes que como el resto no dejan de hablar y montañas que parecen ser los ciudadanos más importantes, pues terminan definiendo casi todo (el que, el como, el donde y el quien). Tocamos como a las 10pm en la 2 jornada cultural de la Baixada Fluminense, no hay mucha gente, algunos de nuestros equipos no se pueden usar pues el transformador no funciona, el sonidista nos juega en contra, parece un enviado de Cotugno. La gente igual baila, acá sonar pasado con los bafles a punto de reventar es la norma, nadie se da por enterado que estamos sonando para el culo. La gente baila, y eso es bueno, es bueno para ellos, y es copadísimo para nosotros. A la noche armamos una fiesta en un balcón, solo Funk, todos a bailar, con los brazos en alto, con pasos ridículos, cachaca en vasos descartables, guaraná, bananas, gritos, conversaciones al oído, risas, más pasos ridículos, alguna victima del alcohol caída en el baño, hasta que como a las 4 de la mañana una mujer del local nos corta el sonido, quedamos huérfanos, estamos exhaustos, a la cama.

Nuestra aventura brasileña está llegando a su fin. 2 conciertos, 1 semana, mucho portuñol, ingles precario (alemanes entreverados, pero macanudos), porotos y arroz, pollo, hip hop, funk, samba, reunionitis… Pasaportes con un sello más, abrazos que no quieren ser despedidas, la promesa de volver a encontrarnos, y la certeza de que hay cosas que siempre vivirán.

Comentarios

  • Juan Pedro 21:28 :20.:11.:2007


    vuelven a su aventura Montevideana

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